El año 1910 será recordado en la población de Marias Coulee por dos acontecimientos: el avistamiento del cometa Halley y la llegada de Rose y Morrie. El primero está sujeto a leyes que rigen el cosmos; el segundo fue fruto de un anuncio en el periódico al que respondió Oliver Milliron: “Se ofrece dama de llaves. No cocina, pero tampoco muerde”.
En el apeadero, todos esperan expectantes a Rose Llewellyn pero no saben cómo reaccionar cuando baja del tren acompañada de su hermano. Los modales y la vestimenta de Morris Morgan desentona con el polvo de los caminos de Montana y sus manos, acostumbradas a los guantes de piel, no parecen servir de mucho en una granja. Sin embargo, el dandy sabelotodo – al que no pude evitar imaginarme con el rostro de Clark Gable –, se ganará el respeto y la admiración cuando acepte cubrir el puesto de maestro, a pesar de sus métodos poco ortodoxos. Y aquí está la clave de la novela: Una temporada para silbar no es únicamente la historia del impacto que produce la llegada de dos forasteros en una pequeña comunidad de colonos, esta es, ante todo y sobre todo, la nostálgica defensa de las escuelas rurales. Doig nos muestra la escuela no sólo como un lugar en el que educar, sino un punto de encuentro para la comunidad, un objetivo, un signo de orgullo e identidad común para todos los colonos, sea cual sea su origen (algo que hoy en día, en la América de Trump, parece ciencia ficción).
Opiniones geopolíticas aparte, Una temporada para silbar nos calentó el cuerpo durante los días de invierno. Su creador, Ivan Doig, resulta prácticamente desconocido en nuestro país, pero al otro lado del charco está considerado uno de los mejores cronistas contemporáneos del Oeste Americano. Su propia vida parece sacada de una historia de Mark Twain: hijo de colonos, su infancia transcurrió en diferentes ranchos del estado de Montana. Probablemente supo antes ponerse el sombrero y las espuelas que leer y escribir pero, cuando lo hizo, fue esa experiencia vital la que nutrió su obra. No es de extrañar, por tanto, su magnífica forma de mostrar los detalles cotidianos. Doig podría haber sido cualquiera de los tres hermanos Milliron, a quienes se coge cariño de forma inmediata. Es imposible no imaginarlos reflejados en algunas pelis de nuestra infancia, llenas de praderas, montañas rocosas y hombres con sombrero montados a caballo, la diferencia es que aquí descubriréis lo que es un jinete inverso. Tampoco falta la imagen del predicador estrambótico y sus fieles poseídos, el trampero de lobos brutal o el recuerdo de los indios en las puntas de flecha abandonadas en el mar de hierba y que los niños coleccionan con devoción. No falta ni el detalle de la bandera americana izándose cada mañana en la escuela, aunque sin caer en patrioterismos.
A pesar de que en Una temporada para silbar encontramos una historia que ha sido contada en multitud de ocasiones, la prosa fluida y fresca se desliza ágil, como es propio de los clásicos norteamericanos (no en vano tiene claros ecos de Las aventuras de Tom Swayer o Matar a un ruiseñor). No cuenta con grandes sobresaltos ni giros argumentales, pero te mantiene pegada a las páginas con las pequeñas aventuras y desventuras de los niños de Marias Coulee. Es un cuento amable que corría el riesgo de caer en la excesiva complacencia de no ser por la acertada elección de utilizar la mirada de los doce años de Paul Milliron para narrarlo y el sutil sentido del humor con el que expone muchos de los pensamientos del personaje, reflexiones de un niño brillante. De haber un pero, lo encontramos en el final, que nos resultó precipitado, pero es el perfecto ejemplo de cómo la buena literatura no está reñida con la sencillez.
Valoración: ★★★★ (4/5)
El veredicto del club:
Esta vez sí. Esta vez el club de lectura se ha puesto de acuerdo en alabar (sin excesos ni volvernos locas) la obra de Ivan Doig. Nos sentimos conectadas a ella y nuestro carácter sanguíneo se vio satisfecho.
La falta de originalidad del argumento no resta ni un ápice al interés del libro; cuando de literatura se trata lo importante no es lo que se cuenta, sino cómo se hace. Y Doig se defiende muy bien para regalarnos esta novela amable, muy entretenida y fácil de leer. Consideramos muy recomendable este bello alegato teñido de nostalgia para refugiarnos de vorágine de la sociedad actual, donde parece que se olvida que el arma más poderosa siempre ha sido – y será – la educación y el conocimiento.
Recomendado para:
Todos los públicos a partir de los 12 o 13 años. Profesores ávidos de realidades alternativas y propensos a soñar. Nostálgicos del western y de la literatura clásica norteamericana al más puro estilo Huckleberry Finn e incluso a los adictos de los docurealitys sobre aguerridos hombres de las montañas. Recomendada encarecidamente para quienes sienten que la lectura es un refugio, pues ¿a quién no le gusta una taza de chocolate en los días grises?

Me gustó la novela, aunque me costó un poco adentrarme en ella: la crónica cotidiana de la vida rural en el medio oeste norteamericano, a comienzos del siglo XX. El hecho de estar descrita a través de los ojos de un chico preadolescente, durante un año en el que la llegada de dos desconocidos cambió su vida y la del pueblo, le aporta una inocencia al relato a la que no pude sustraerme. Y el énfasis en la educación, la influencia de la escuela en la vida de la comunidad, aumentó el efecto.
Pero es cierto que, como también señalaron algunas, el carácter de los personajes principales es casi cosmopolita, no sugiere la vida dura de los granjeros de secano. El nivel de conocimientos y apoyo a la cultura del maestro y del padre del narrador no deja de sorprender dada la trayectoria previa de cada cual. O que una comunidad, aún solo es pueblo sobre el papel porque son todo granjas dispersas y espacios amplios, integrada por colonos atraídos por la oferta del gobierno, no albergue problema alguno respecto a diferencias entre las costumbres, religiones o razas de tanto emigrante. Se mencionan, “los suecos”, “los eslavos”, “los gitanos”, pero con la misma tranquilidad que cuando describe si son fuertes o no, altos o bajos.
A la estructura de la obra también se le dio alguna vuelta: el final, o el hecho de que parecía alternar períodos en los que “no pasaba nada” y momentos de sobresalto para el lector, pero que no suponían un giro del relato, por ejemplo. En contrapartida, que incluyera como principio y final el paso del cometa Halley y el sputnik, me gustó una barbaridad.
Estupenda reseña y resumen de lo que Doig nos ha permitido disfrutar y compartir
“Una temporada para silbar” de Ivan Doig, es uno de esos libros que según empiezo a leer pienso ¨qué bien escrito”, incluso me doy cuenta del buen trabajo del traductor, y aunque todavía no sepa lo que me deparará la lectura su fluidez me recuerda que hay libros que acaban gustándome precisamente porque se leen a gusto.
Esta novela en concreto es de las que disfruto por todo eso y además por la continua aparición de nuevas situaciones, de la mano de un elenco de personajes niños, jóvenes y adultos cuyas ocurrencias o motivaciones dan lugar a una sorprendente evolución de acontecimientos.
A veces, la trama se enriquece con giros y peripecias divertidas pero otras tan atrevidas que aunque no llegamos a adivinar sus consecuencias (un personaje llega al pueblo…) sospechamos, o nos tememos, lo suficiente como para desear descubrirlo ¡enseguida!
Llena de diálogos simpáticos, además de costumbrista en una época de hace ya un siglo, ofrece conocimientos ligeros sobre temas varios relacionados lo mismo con la naturaleza, que con la astrología, el cometa Halley, los deportes, la conducta humana, la etimología o el mismísimo latín…¡Sin desperdicio!
Deliciosa desde el punto de vista inocente de un niño resulta a veces enriquecida con el contrapunto, ¡valga la redundancia!, del punto de vista de ese mismo niño ya adulto.