TATIANA TîBULEAC – EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES. La sensibilidad sin sentimentalismos o la redención a través de los pentágonos de la felicidad.

por | Mar 16, 2026 | Club Lectura | 3 Comentarios

“Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea”. Con este descarnado alegato comienza la narración de Aleksy, que vuelve a sumergirse en el último verano que pasó con su madre como parte de su terapia; el psiquiatra le aconseja volver a aquellos días felices para salvar su bloqueo artístico.

Tatiana Tîbuleac nos plantea la complicada relación madre/hijo a través de la mirada de un adolescente problemático, iracundo y violento. El propio Aleksy confiesa haber sido diagnosticado con una enfermedad mental de doce letras (cada uno que haga sus cábalas). Sin embargo, su condición de enfermo no despierta compasión ni mitiga el aura de personaje odioso con el que él mismo se autorretrata y salpica al lector hasta el punto de que varias integrantes del club confesaron sus ganas de abandonar el libro en las primeras páginas. Si os ocurre lo mismo, por favor, no lo hagáis. Sed pacientes ¿Acaso habrá una transformación bienhechora que traiga a un joven atento, cariñoso, empático y caritativo? Spoiler: no. El protagonista nunca será a un ser de luz, un dechado de virtudes o un ejemplo de vida; el Aleksy adulto es un artista cínico y amargado consciente de que su fama y su dinero hacen de él alguien tolerable, un excéntrico en lugar de un loco.

¿Por qué seguir leyendo, entonces, este dramón sobre una madre que se muere de cáncer y un hijo díscolo con serios problemas de autocontrol?  Porque os vais a enganchar en cuanto salvéis las reticencias, como nos pasó a nosotras. También ayuda la acertada estructura de capítulos cortos, ágiles, algunos dos simples líneas en las que, a modo de haiku japonés, se expone la lírica transformación que experimenta la mirada de Aleksy hacia su madre. De polilla a mariposa.

No os vamos a engañar, es una historia cruda, pero no brutal ni desesperanzadora. Tîbuleac no cae en la sensiblería ni los recursos fáciles. No hay desgarro, sólo una sinceridad clara e intimista que plantea el acercamiento y el perdón de un modo poco convencional, salpimentado con un toque de humor negro, cerveza, palomitas, vecinos alcohólicos, mercadillos llenos de baratijas inútiles y unas sospechosas pastillas que mitigan la ansiedad de la madre, pero sobre todo, del hijo. Pentágonos ansiolíticos de la felicidad que aplacaron lo suficiente al adolescente para mirar el mundo de otra manera: con color, mucho color (es lo que tienen las drogas buenas…). La profesión del Aleksy adulto – artista – queda plasmada en los paisajes de la campiña francesa a través de los trigales, el rojo de las amapolas, las tonalidades del cielo de verano y, sobre todo, los girasoles (¿tal vez un eco paralelo a la locura del genio que se cortó la oreja y la del protagonista?). Una vez superada y asumida la mala uva del chaval y, como nosotras, le cogéis de la mano empezareis a comprender el porqué de su comportamiento. Veréis los polvos infantiles que formaron los asfixiantes y pegajosos lodos del adolescente, pero sin eximir la responsabilidad que tuvo en ello la madre moribunda de ojos verdes.

Valoración: ★★★★ (4/5)

El veredicto del club

El club por unanimidad se rindió ante la maravillosa manera de narrar de la autora y su peculiar manera de afrontar el trauma. Nos pareció una acertadísima primera novela que merece el sorprendente éxito que la moldava cosechó en nuestro país.

Nos conmueve que la autora exponga unos personajes profundamente humanos y, por tanto, muy imperfectos, llenos de fisuras. Nos gusta cómo pone énfasis en que las personas en general – y en este relato las madres en particular – no son santas ni sublimes. Nos queremos como nos enseñaron o cómo podemos, a veces con torpeza, demasiado tarde y “en bruto”. Circunstancia que arrancó una importante reflexión en nuestro club: ¿acaso hay que esperar a saber que se nos acaban los días para aprender a amar a los nuestros, para limar las aristas que nos separan de ellos?¿Tenemos que esperar al final para valorar las cosas importantes de la vida? Y las cosas importantes, no nos engañemos, son las pequeñas, como las que unieron a Aleksy y a su madre, quien, a medida que avanza la historia, deja de ser gorda, fea y tonta. Sus ojos dejan de ser un despropósito para convertirse en brotes verdes a la espera.

3 Comentarios

  1. Javier Buces Martínez

    Sin duda, con estas credenciales se va a convertir en una futurible lectura. En cuanto termine mi niña de fuego😉

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  2. Beatriz

    Acertada y magnífica como siempre tu reseña, Cris.
    Como dije en el club, este libro me ha hecho sentirme en una montaña rusa de emociones, me he enfadado, emocionado, he reído y llorado en poco
    tiempo y pocas páginas.
    También ha provocado reflexiones sobre la vida que me ha hecho disfrutar más si cabe de nuestras charlas literarias.

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  3. Carmen

    Gracias, Cris, por la reseña estupenda. Tal como dices, nos gustó y nos sorprendió la agilidad del texto. Me llamaron la atención los capítulos muy cortos y la capacidad del relato de enganchar al lector a pesar de, o gracias al lenguaje, crudo a ratos, enzarzado con ramalazos poéticos en otros.

    Me pareció, de entrada, una novela de formación, el proceso de madurez de un adolescente ante el complejo vaivén de las relaciones materno-filiales. Luego pensé que el tema era también el duelo, duelo por la hermana pequeña y la subsiguiente pérdida del amor de su madre, inmersa en su propio duelo, y mucho después, por la muerte de la madre. La salud mental y los sanatorios para menores se toca, pero solo como apoyo argumental. Y la cuestión de vivir a las puertas de la muerte también. Me areció una novela con muchas capas temáticas. Buena elección.

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