ANDREA ABREU – PANZA DE BURRO. La reivindicación lírica de lo kinki

por | Feb 9, 2026 | Club Lectura | 9 Comentarios

Una bofetada en la cara. Un golpe continuado a lo largo de las 172 páginas de una novela difícil de calificar. Eso sentí al encararme con Panza de burro. Y sin embargo, no podía dejar de leer. Ojiplática y aturdida necesitaba acompañar a Isora y su mejor amiga, una niña cuyo único nombre conocido por el lector es Shit. Sí, habéis leído bien, Shit, mierda en inglés, porque si hay algo en esta novela es escatología e irreverencia. Pero también poesía. Mucha. Y ahí está la bofetada, en la manera de combinar la crudeza con la hermosura, la fealdad más burda con la belleza y el lirismo. Es imposible pasar con indiferencia entre sus páginas.

Aquí no hay nada convencional. No esperéis un desarrollo narrativo al uso. La novela se conforma por una sucesión de capítulos que podrían haberse extendido ad infinitum para contarnos las peripecias de las protagonistas durante el verano. Sin embargo, el gran acierto de la autora y el punto más destacado por el club, fue el original uso del lenguaje, su oralidad en bruto. Abreu traslada la forma de hablar del barrio tinerfeño en el que nació, sin tamices, glosario ni RAE que valga. Términos como fisquito, estregar, volcán, sangüi, miniña… ayudan a mostrar una Canarias muy diferente a la que buscan los turistas. Isora y su amiga corren libres y “asalvajadas” por una isla dentro de otra isla, en la que el mar está lejos, las casas se construyen ilegalmente como nidos de colores a las faldas del volcán, el sol se oculta tras la perpetua panza de burro, las comadres echan rezos para espantar el mal de ojo y los guiris jediondos son el único sustento de sus moradores.

Con este lienzo Andrea Abreu reivindica sus orígenes. Según la autora, el hecho de que nunca hubiera leído en un libro las historias y miserias de un barrio obrero, kinki y rural como el suyo y, además, en su “idioma”, no quiere decir que no puedan ser hechos interesantes o dignos de ser contados. Por eso nos lanza este alegato contundente en el que, a ritmo de reguetón, laten temas sociales como la precariedad, los trastornos alimentarios o la violencia contra la infancia, junto con otros más íntimos como la búsqueda de la identidad o el despertar sexual.

Andrea Abreu tenía veinticinco años cuando se publicó este fenómeno editorial que se ha traducido a diez idiomas[1] y lleva vendidos cerca de setenta mil ejemplares. Menos mal que la criatura, según confiesa en varias entrevistas, creía que nadie la iba a leer. De ahí quizás su libertad y su frescura, tan propia de las primeras novelas pero, sobre todo, de la juventud. Sin cortapisas ni presiones editoriales Abreu tejió de manera personalísima la historia de dos amigas que hunden el prejuicio sobre la intimidad de la infancia femenina, en la que todo debe ser jugar a las princesas con tacitas de porcelana. Estas niñas, por el contrario, cagan en cajas que esconden en la trastienda de la Bitch, la abuela de Isora.

Valoración: ★★★★ (4/5)

El veredicto del club

El club al completo se puso de acuerdo en que Abreu había escrito un texto original, fresco y muy, muy diferente. Ahora bien, con respecto a si la diferencia era fruto del talento o de las tendencias y moderneces contemporáneas, hubo opiniones de colores diferentes (pero eso es lo bonito de nuestro club, la diversidad sometida al debate amable y constructivo). Finalmente, siendo una sesión multitudinaria como fue, la opinión más extendida fue la del talento.

Panza de burro gustó, sorprendió, hizo reír, removió todas nuestras convenciones y nos acercó a la generación millenial de forma inesperada. Nos bajó del pedestal de lo bienpensante y bienhablado para darnos una bofetada y gritarnos que lo kinki también está ahí y puede ser tan literario como Madame Bobary.

Recomendado para

Jóvenes rebeldes, curiosos, poetas, princesas de barrio y espíritus literariamente aventureros. Abstenerse estrictos defensores de la corrección en todos sus ámbitos, incluido el literario.

[1] nos preguntamos con estupefacción por dichas traducciones…

9 Comentarios

  1. Myriam

    Deseando leer Panza de Burro. Imposible resistirse después del brillante análisis de la obra que hace Cris Pascual.
    Gracias.

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    • Javier Buces Martínez

      Me lo apunto para una próxima lectura. Con la carta de presentación del club y de su jefa, imposible resistirse. 😉

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  2. Noelia Gonzalez Arcenillas

    Te ha faltado reseñar tu acertada comparación del lirismo kinki del libro con la banda sonora de Extremoduro.

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  3. Zuriñe Perez Alonso

    Me ha encantado tu comentario!

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  4. Beatriz

    No puedo estar más de acuerdo con Cristina.
    Panza de burro me ha hecho recordar lo auténtico de las gentes Canarias, he disfrutado de su oralidad.
    A ratos me ha hecho reír, pero también reflexionar.

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  5. Miren Iglesias fernandez

    Es una reseña estupenda. Muyyyy acertada y muy completa. Enhorabuena

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  6. Esther Herreros Piñeiro

    Totalmente acertada tu reseña Cris. Yo me reitero en mi viaje de vuelta a algunos pasajes de mi infancia, incluyendo el lenguaje “autóctono”, a veces rozando lo macarra (tu lo has denominado kinki) y alguna que otra situación escatologica, a parte de Shit. Todo un periplo de aventuras de estas pequeñas descubriendo la dura vida que les rodea.

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  7. ROSARIO PEÑIN

    Tenía yo cierto rechazo a ese libro sin saber muy bien por qué, pero después de este análisis tendré que lanzarme…

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  8. Jesús M. Higuera

    “Panza de burro”, de Andrea Abreu, es una pequeña joya que solo se puede pulir con esa herramienta lingüística sin la que resultaría otra cosa.

    Además de tratarse de una escritura que no es un reflejo de nada, ni el reflejo de la luna en el agua sino directamente la propia luna, me fascina por la riqueza del vocabulario, su vitalidad y sobre todo el oído necesario para conseguir a la vez esa sensación de verdad, de profunda realidad y ese ritmo exaltado que se me ocurre propio del frenesí de la música del trópico, tórrida y temperamental, ejecutada con brío por una cantante virtuosa hechizada por el baile que la acompaña.

    A la vez, esa expresión pintoresca de la realidad, ese realismo menos mágico que escatológico, esos personajes entrañables en su isla entre el océano y la panza de burro vigilados por el volcán, se encuentran como limitados a un recinto sin espacio suficiente para dar cabida a una historia que cuente sus anhelos y temores, ni para desarrollar aventuras llenas tanto de éxitos como de frustraciones y contratiempos inesperados, incapaces de mejorar sus propias vidas según la enseñanza o paradoja filosófica que a la autora más rabia o compasión le de.

    Uno puede sentirse a veces enternecido con las vidas de esas niñas y sus familias, amistades y vecinos, o divertido con peripecias y travesuras como la de la clase de informática en el centro cultural, pero su cotidianeidad es dura, inhumana casi, es dolorosa, es injusta, es de una miseria insoportable, y poner el foco en ello quizás sea un acto valiente de denuncia.

    Un maravilloso libro de fotografías, aunque echo a faltar convertirlas en los fotogramas que cuenten una película.

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