Contraria a mi estilo, voy a comenzar planteando el argumento de La Promesa de un modo plano y objetivo (bastante acaloramiento habrá más adelante). La trama se estructura en torno a cuatro funerales separados por una década. El primer sepelio tiene lugar a mediados de los 80; es el de la matriarca de los Swart. Antes de morir, la mujer promete a Salomé, la criada negra que siempre ha trabajado para ellos, que le dará en propiedad la casa que habita. Los años pasan y la promesa no se cumple. Mientras, los Swart, sus desencuentros y sus penas, caminarán sobre el escenario de fondo que proyecta la evolución de su país.
Reconozco que he estado postergando esta reseña y que incluso me ha costado encontrar el titular con el que encabezarla. Es la primera vez que no puedo apoyarme en una mayoría para elaborar la crítica, puesto que no existió; salvo por el acuerdo general de que Galgut es un maestro de la técnica narrativa y en el arte de retorcer palabras. Pero para muchas una novela no sólo tiene que tener un bonito continente, el contenido también importa. Y mucho. El desacuerdo en el club no estuvo en el cómo Galgut cuenta la historia arriba descrita, sino en el poso subyacente bajo ella.
En entradas anteriores, nos confesamos sanguíneas y sin pelos en la lengua, por eso, surgieron opiniones para todos los gustos sobre Galgut y su libro: demasiado ambicioso, buen reflejo de la situación sudafricana, adictivo, culebrón, mago de la narrativa, basura ideológica, personajes profundamente humanos y conmovedores, fascinantes a pesar de sus rarezas… hubo incluso quien dejó claro que lo que más le había gustado del libro era la portada. Una de cal y otra de arena. Esto ocurrió porque cuando un escritor sudafricano, blanco, procedente de una familia de alto copete escribe una novela sobre las miserias de otra familia blanca privilegiada de Pretoria, lógicamente, lo hace con el punto de vista de sus circunstancias y el bagaje derivado de su procedencia. “Yo soy yo y mis circunstancias”, que dijo Ortega y Gasset, nos gusten éstas o no.
El debate está servido.
Unas fuimos conscientes de la corrupción que devoró la ilusión que trajeron Mandela y el histórico mundial de rugby, de la injusticia que sigue acorralando a la población negra, pero – quizás porque es menos incómodo o por tener una mirada más ingenua – no ahondamos en el germen ideológico, político y social que puede encender ánimos. A otras, en cambio, el avispero que trae el escenario de la La Promesa, la ausencia de voces negras – recurso intencionado, según el autor –, y el esbozo de las mujeres en el escenario narrativo, nos movió a investigar mucho más allá del Apartheid (así de aplicadas y entregadas somos en este club) y a subrayar algunas perlas del sudafricano. Unas sólo vimos una forma de escribir sorprendente, un autor lleno de recursos para contar cualquier historia. Pero todas nos dejamos sorprender por la voz del narrador, audaz y distinta, que trabaja como una cámara de cine alejándose de los protagonistas para mirar a su alrededor y enfocar a otros anecdóticos, que simplemente pasaban por allí, que incluso se atreve a girar ese teleobjetivo hecho de palabras e interpela directamente al lector; o decide hacer un primer plano tan profundo que conseguimos oír la voz interior de los miembros de la familia Swart.
La promesa, es ante todo un bello juego con el lenguaje y lustra las palabras. Palabras que, para algunas por muy bien empleadas que estén, no dejan de seguir esparciendo una realidad y una ideología difícil de digerir, que no se conforman con el cuento y piden a gritos una portada menos bonita pero más afín a sus creencias más profundas y personales. Esta última reflexión nos dio para debatir sobre la excesiva complacencia que la sociedad tiene para con los supuestos genios y me divertí echando leña al fuego con la siguiente pregunta: Si descubriéramos que Beethoven es Jack el Destripador ¿dejaríamos de escuchar su quinta sinfonía?¿nos deleitaría o nos conmovería menos? También hubo respuestas de toda índole. Sin embargo, siento defraudar a haters y trolls profesionales, lo bueno de leer tantos libros, incluso de autores que están en las antípodas de tus creencias y pensamiento ideológico, es que aprendes a tolerar opiniones diferentes, a respetar el turno de palabra y escuchar. No es una utopía. Es nuestro club de lectura. Os lo prometo. Y esta promesa sí se cumple.
Valoración: ¿¿★??¿¿★??¿¿★??¿¿★?? Cada cual que ponga las estrellitas que considere después de leer.
El veredicto del club
Por primera vez, voy a exponer una opinión propia que deriva de las propias sesiones del club, ya que no alcanzamos un consenso. Cuando un libro hace pensar tanto y suscita tantas reflexiones, es muy bueno.
Recomendado para
Personas que necesiten practicar el pensamiento crítico con urgencia y ponerlo en práctica, cualquier estudioso de la técnica narrativa, amantes de la lectura que estén en una situación neuralmente adecuada y activa (si no estás en tu mejor momento, pasa, no es una lectura ligera)

Eskerrik asko por hacer tan fiel reflejo!
“La promesa”, de Damon Galgut.
El tema resulta interesante por su contenido social y humano, cercano a pesar de la distancia no solo geográfica en que ocurren los hechos.
Al principio se presentan situaciones en las que sobreviven —de momento— personajes un tanto decadentes que llevan una vida algo triste. Pero enseguida el análisis del narrador mediante el bisturí primero y el escalpelo después adquiere una expresión literaria a veces extraña, pero casi siempre potente.
El argumento es sencillo, familiar, y la trama reconocible.
Mas la escritura rezuma creatividad, de la mano de metáforas excéntricas en situaciones sorprendentes mantiene una tensión que va in crescendo hasta llegar a un punto a partir del cual solo se puede poner fin a la peripecia.
Durante todo el desarrollo la novela fija su atención en la forma literaria, con algunos aspectos técnicos como el juego de la persona verbal del narrador, o de las opciones descriptivas sin decantarse por una de ellas como si se tratase de un apunte pendiente de la futura corrección. Esto, independientemente de si aporta o no siempre una experiencia demasiado eficaz, quizás sí nos mantenga conscientes de la naturaleza ficticia, subjetiva y libre de la ficción.
Me encantan esos libros!!! Qué te saquen todo de dentro. Con que sea tan interesante y «revolvente» cómo Coetzee me vale. Vengo de una saga familiar China, y me faltan voces reales de mujeres. Anotado queda. Mil gracias!